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POR EL INTERÉS GENERAL
DEL FÚTBOL
Una comisión de tres personas decidió el destino de un club de 113 años de historia. Los aficionados del Wimbledon FC no pudieron votar si querían que su equipo se trasladara a 60 millas. Perdieron y tuvieron que construir otro desde cero.
Esta es la historia de la desaparición del campeón de FA Cup de 1988; el advenimiento de un engendro como el Milton Keynes Dons; y el nacimiento del AFC Wimbledon, fundado por los ‘parias‘ de un club que no era «de interés general para el fútbol»
El sábado 24 de agosto de 2002, dos estadios del área metropolitana de Londres situados a ocho kilómetros de distancia abrieron sus puertas a la misma hora para ver, en teoría, al mismo club de fútbol.
En Selhurst Park, el feudo alquilado del Wimbledon FC desde 1991, los ‘Dons‘ jugaban contra el Brighton & Hove Albion en la segunda categoría del fútbol inglés. Asistieron unas 600 personas que todavía se consideraban del Wimbledon de toda la vida, la mayoría con cara de estar comprobando algo que no querían comprobar.
En Kingsmeadow, un equipo amateur fundado ocho semanas antes por esos mismos aficionados sin nada más que un nombre que se habían quedado sin permiso de nadie, metió a 3.180 personas para ver un encuentro del noveno nivel del fútbol inglés contra el Cove. De First Division a Non-League en cuestión de meses.
No fue una victoria.
Tres meses antes, el 28 de mayo de 2002, una comisión de tres personas había decidido, por dos votos contra uno, que Wimbledon FC se mudaba sesenta millas al norte, a Milton Keynes.
Los aficionados no votaron en esa decisión. No podían. La empresa dueña del club, y por tanto el derecho a decidir su destino, pertenecía a dos inversores noruegos que no vivían en Londres ni habían pisado nunca Plough Lane.

TRES HOMBRES Y UNA DECISIÓN POLÉMICA
Una comisión independiente permitió por dos votos contra uno que Wimbledon FC se trasladara a Milton Keynes. En sus 67 páginas, el informe dedicó bastante espacio a los aficionados. Los llamó «fundamental stakeholders», recogió su oposición y aceptó que un club de fútbol mantenía con ellos una relación que una empresa ordinaria no tenía con sus clientes. La comisión estudió incluso la respuesta que los seguidores habían preparado. Si perdían el club, crearían otro y comenzarían en las ligas regionales. La mayoría consideró que aquello no servía a los «wider interests of football». El motivo de la decisión, según se recoge en el párrafo 82 de su informe, es que no consideraba que los vínculos del Wimbledon con Merton fueran «tan profundos ni sus raíces tan firmes como para no sobrevivir a un trasplante necesario para garantizar la subsistencia económica de la entidad». Sólo entre el 20% y el 30% de los abonados vivía en Merton o en el propio distrito de Wimbledon. Un «porcentaje» que llevaba once años erosionándose porque el club ya jugaba fuera de casa, en Croydon.
NACE EL AFC WIMBLEDON
A pesar de que la idea de crear un club que comenzase a competir en el escalón más bajo «no era de interés para el fútbol», dos días después de la decisión de la comisión, los hinchas del Wimbledon FC hicieron lo prometido. Se reunieron en un pub de Wimbledon Common, el Fox and Grapes, para anunciar que fundaban un club nuevo. El AFC Wimbledon no tenía estadio. No tenía jugadores. No tenía entrenador. Tenía semanas de trabajo por delante y, lo más inquietante, una cuenta bancaria a cero.
En esas semanas se reunieron 75.000 libras, la mayoría en donaciones de veinte y treinta libras. Convocaron pruebas abiertas en Wimbledon Common. Se presentaron 230 personas. Algunas llevaban años sin tocar un balón en serio. Como entrenador contrataron a Terry Eames, que había jugado en el Wimbledon.
Pidieron entrar en la Ryman League. Les dijeron que no. Solicitaron entrar en la Combined Counties League, el noveno nivel del fútbol inglés, siete escalones por debajo de donde jugaba el Wimbledon FC al que acababan de perder. Les dijeron que sí.

EL HUNDIMIENTO DEL WIMBLEDON FC
Mientras el AFC Wimbledon comenzaba su andadura en la non-league, el club que portaba el nombre de Wimbledon FC no aguantó ni un año más antes del colapso. Sin embargo, los problemas económicos de ‘The Dons‘ no eran recientes. Venían de mucho antes.
Detrás de cada club arruinado siempre hay un hombre de negocios. En el caso del Wimbledon FC se trata de Sam Hamman. Tras hacerse con el control de la entidad en la década de 1980, Hamman segregó la titularidad del estadio del club y la desvió a sociedades vinculadas a él. A finales de los años noventa, esta maniobra le iba a reportar ocho millones de libras tras vender Plough Lane a la cadena de supermercados Safeway.
La venta de Plough Lane contó como coartada con el famoso Informe Taylor que iba a cambiar la cara del fútbol inglés a partir de 1990. Una de sus recomendaciones era la de que todos los equipos de las dos primeras divisiones tuvieran su aforo completamente sentado en agosto de 1994. Hamman decidió que la reforma del campo donde el Wimbledon FC jugaba desde 1912 era demasiado cara, entre tres y cinco millones de libras. Así que decidió arrendar Selhurst Park, estadio del Crystal Palace. Esta decisión fue una sangría constante para el Wimbledon FC ya que tenía que pagar casi la mitad de los costes del estadio, cedía al Palace un 10% de la recaudación de cada partido; y, además, no controlaba los ingresos de explotación, algo que fue valorado por Deloitte en unas pérdidas anuales de entre tres y cuatro millones de libras.
En 1998, Hamman vendió el 80 % de la propiedad del club a dos inversores noruegos, Røkke y Gjelsten, que no habían pisado Plough Lane en su vida. Con ellos no iba a mejorar la economía. Todo lo contrario. El descenso de Premier League en 2000 y la quiebra de ITV Digital en 2002, que dejó impagados dos millones de libras presupuestadas, fueron dos golpes letales para la economía del club que no pudieron paliar los más de veinte millones en traspasos logrados entre 1999 y 2000 por Carl Cort (7 millones), Ben Thatcher (5 millones), John Hartson (7,5 millones) y Hermann Hreiðarsson (4 millones).
Los noruegos amenazaron con no seguir poniendo dinero. El club entraba en concurso de acreedores con una deuda de más de tres millones y medio de libras y la nómina de un mes entero sin abonar.
Pete Winkelman, el promotor inmobiliario, que había prometido salvar el club con un estadio nuevo en Milton Keynes tuvo que rescatarlo de urgencia para que no desapareciera del todo antes de terminar la mudanza. La comisión había autorizado el traslado convencida de que así se garantizaba la supervivencia económica del Wimbledon FC. Se equivocó en trece meses.
¿QUÉ SUPUSO EL INFORME TAYLOR?
Noventa y seis personas murieron aplastadas contra las vallas de Hillsborough en abril de 1989, durante una semifinal de FA Cup entre Liverpool y Nottingham Forest. El juez Peter Taylor investigó el desastre y publicó su informe en enero de 1990, señalando el estado de las gradas de pie, las vallas alrededor del terreno de juego y la gestión policial del partido como causas centrales, frente a versiones anteriores que habían cargado la responsabilidad sobre el comportamiento de los aficionados. Su recomendación principal obligaba a los clubes de las dos primeras divisiones a convertir sus estadios en recintos completamente sentados antes de agosto de 1994. El informe Taylor y la reforma de los estadios llegó justo cuando el fútbol inglés reorganizaba su negocio. En 1992 nacía la Premier League, financiada en gran parte por los derechos de televisión de Sky, con estadios pensados para vender asientos, palcos VIP y hospitality. Entre 1989 y 1999 el precio medio de las entradas de la Premier League subió un 312%, muy por encima de la inflación del periodo.
Clubes como Millwall, Middlesbrough, Bolton, Derby o Sunderland acabaron construyendo estadios completamente nuevos en otros terrenos. Otros decidieron emprender la reforma de recintos que, en algunos casos, se habían levantado incluso antes de la I Guerra Mundial. Sin embargo, el Wimbledon FC optó por una tercera vía. Arrendar. Abandonó Plough Lane para alquilar Selhurst Park.
EL ESPERPENTO LLAMADO MK DONS
La decisión de marchar al exilio de Selhurst Park había terminado por condicionar la viabilidad económica del club justo cuando el resto estaba potenciando sus ingresos gracias a la nueva era de la Premier League. El Wimbledon fue consciente de ello. Incluso exploró vías creativas. Tan imaginativas como trasladarse a Dublín, algo que fue apoyado por los clubes de la liga pero que contó con el rechazo y el veto de la federación irlandesa.
En este contexto apareció la figura de Pete Winkelman que llegó con algo que nadie había ofrecido antes. Un estadio que el Wimbledon FC no tendría que pagar de su bolsillo. El proyecto se llamaba Denbigh North y combinaba suelo comercial, en el que Asda-Walmart e Ikea estaban entre los interesados, con un campo para unas 28.000 personas en Milton Keynes. Por supuesto, la lógica tras la propuesta era inmobiliaria antes que futbolística. Los permisos de construcción sobre el terreno comercial generaban el dinero que pagaba el estadio. La documentación municipal, de hecho, vinculaba la venta de ese suelo a que hubiera fútbol de cierto nivel en la ciudad. Y para ello, era necesario un club que lo tuviera porque los equipos locales militaban en categorías non-league. Una situación de win-win… Aparentemente. Aceptar la propuesta de Winkelman suponía trasladarse sesenta millas al norte. A Milton Keynes.
En 2004, dos años después de la decisión de la comisión, el Wimbledon FC, o lo que quedaba de él, cambió de nombre. Se llamó Milton Keynes Dons. Cambió el escudo. Cambió los colores. Todo lo que la comisión había prometido que se conservaría, el nombre, el escudo, los colores, la historia, dejó de existir sin que nadie lo impidiera, porque nadie había firmado nada que lo impidiera. En 2006, la nueva empresa aceptó por escrito que no era heredera de nada anterior a ese cambio de nombre. Un año más tarde, el promotor Pete Winkelman viajó en persona a devolver los trofeos del Wimbledon original al ayuntamiento de Merton. Incluida una réplica de la FA Cup de 1988.
Este viaje de Winkelman cerró el círculo. O, mejor dicho, el esperpento de una institución que tras alzar la FA Cup ganada por la ‘Crazy Gang‘ robó el estadio y el club a sus legítimos dueños, los actuales seguidores del AFC Wimbledon.
Autor: Kickin’ Charlie
¿POR QUÉ EL APODO
DE ‘THE DONS’?
Wimbledon FC empezó a llamarse «The Dons» décadas antes de la FA Cup de 1988, de Milton Keynes o de cualquier comisión que decidiera su destino. Es una abreviatura del propio nombre del club, Wim-ble-don, y llevaba circulando entre los aficionados desde su etapa amateur en las ligas del sur de Londres. Cuando en 2004 la sociedad que había heredado la plaza deportiva se rebautizó como Milton Keynes Dons, conservó ese apodo junto al escudo y a los colores, que cambió también poco después. De todo lo que la resolución de 2002 prometió que viajaría intacto a Buckinghamshire, es decir, el nombre, el escudo, los colores y la academia, el apodo es prácticamente lo único que ha sobrevivido. El problema es que nunca dejó de pertenecer, en el uso cotidiano de la gente, a los seguidores del club que se quedó en Londres. Los aficionados del AFC Wimbledon también se llaman a sí mismos «The Dons», como siempre han hecho. En 2013, esa coincidencia dejó de ser una curiosidad para ser algo más. El AFC Wimbledon se negó a imprimir la palabra «Dons» al referirse a su rival, llamándolo solo «MK», y la Football League abrió un expediente por infringir la norma que prohíbe desprestigiar públicamente a otro club. Una rivalidad que en 2024 acabó con un altercado postpartido que derivó en multas de 8.000 libras al AFC Wimbledon y 2.500 al MK Dons.
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